Recomiendo la lectura de este correo recibido
de Prensa Nacional Alternativa -PNA-
A 22 años de la capitulación, no rendición,
de Malvinas
LA SEGUNDA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA
Los acontecimientos que han abierto nuevas instancias en la continuidad y
exaltación de nuestra Patria, obligan en esta retaguardia en vigilia a afinar
el análisis, la meditación y el esclarecimiento que fundan las decisiones
eficaces, so pena que esos mismos acontecimientos sobrepasen la voluntad patriótica
y bélica de nuestros soldados y la búsqueda de una solución política por
nuestro movimiento. Pues en los dos frentes en que provisoriamente podemos
discriminar la actual coyuntura, el frente bélico demuestra la voluntad de
vencer, sin consentir con ese slogan confuso de rogar por la victoria de la paz;
y el frente político a su vez demuestra con premisas no siempre diáfanas la
voluntad de negociar. De las dos dimensiones, la guerra es un hecho de
consecuencias incalculables que deben ser clarificadas para el deseado
establecimiento de la paz, después de la victoria; la política en cambio es la
trama consustancial de la Nación y del Estado, que proseguirán sus intrincados
caminos. Por eso el sentido de nuestro tema de hoy, es decir "La Segunda
Guerra de la Independencia", que queremos plantear con un cierto rigor
sistemático, sin caer en fácil entusiasmo de un patriotismo, noble siempre
desde luego, ni admitir las subrepticias fórmulas de un larvado derrotismo, que
quieren imponernos diversos sectores sinárquicos, perfectamente identificados e
identificables para nosotros, después de cuarenta años de esclarecida conducción
estratégico-política del General Perón. Por eso, mismo, dividiré mi exposición
sucinta en tres momentos en el primero que será de sentencias recapitulatorias,
me referiré a las fuentes más relegadas y profundas de esta guerra, las que no
residen en circunstancias pasajeras cambiables, sino en raíces inconfundibles,
que esta guerra precisamente está obligada a dirimir, replegar y proteger según
los casos. En el segundo, señalaré de modo directo, aunque sucinto, la condición
y calibre de nuestros enemigos; en el tercero en fin, definiré la segunda
guerra de la independencia, el sentido global de la misma, las eficaces
resoluciones que esperamos del poder político, y la inevitable cancelación del
Proceso de Reorganización Nacional, que debe instaurar cuanto antes el legítimo
poder constitucional, so pena de perder la guerra, después del triunfo que
descontamos en el frente de batalla. La razón de este ordenamiento conceptual
radica en la necesidad de realizar un planteo global, asertivo clarificador, que
nos saque del nivel de la anécdota, y nos traslade al nivel de los conceptos
generales y fundantes, que es raíz de nuestra Nación y nuestro movimiento; que
nos sustraiga a la falacia de no admitir sobre la mesa de análisis la totalidad
de los factores adversos en pugna o promotores de ese plan sinárquico, que
tantas veces hemos denunciado, y hoy más que nunca es preciso calibrar con
mesura, pero con nitidez y sin ambages. Necesidad en fin de realizar ese planteo
global, del que surjan las consecuencias empíricas concretas en la situación
presente en medio de la guerra que puede extenderse al territorio continental, y
después de la victoria (que podía frustrarse, si no ponemos todos los recaudos
políticos que surgen precisamente de ese análisis). El Movimiento solidamente
instaurado por el genio intuitivo y analítico de nuestro jefe debe prolongar la
capacidad de análisis estratégico y táctico, para llevar adelante la creación
que fue la meta doctrinal del General Perón: la definitiva consolidación de un
estado justo y soberano.
En primer lugar pues lo que llamo sentencias recapitulatorias y que comienzan
con ésta referida al más lejano pasado: El Virreynato y la Argentina que se cría
dentro de él pertenecen al espacio del Imperio, mientras que Gran Bretaña y
Estados Unidos, ligados por lazos de sangre, lengua y religión, pertenecen al
espacio de los bárbaros. Esto no es recuerdo romántico para novelas de
pasatiempo, ésta es una verdad profunda que en ciclos históricos generales,
creativos y destructivos, ha signado la historia de América. Podríamos pues
trazar esos ciclos en un curso o en un seminario de estudios.
Aquí simplemente propondremos la tesis mayor para tenerla en cuenta.
De ella pende una segunda, de capital importancia para definir ciertos aspectos
de la guerra de hoy: lingüísticamente nosotros somos latino-románico-castellanos;
los bárbaros son territorio mostrenco y están excluidos, en los orígenes, de
la comunidad lingüístico-espiritual que define desde muy atrás una cultura
humanística, de profundas raíces populares, políticas, institucionales, que
es herencia inapreciable, del más alto valor creativo, ordenador y civilizador.
La civilización no viene de Inglaterra ni de Estados Unidos, como no se
cansaron de repetir los que en la guerra semántica y lingüística se pasaron
hace ya rato al enemigo. Esa guerra profunda y devastadora se continua hoy en
los pastiches de un Borges; en la pseudo-cultura de instituciones, encargadas de
minar la exigencia de mantener claridad lingüística en nuestro espacio histórico;
en trasnochados gorilas, que queriendo volver al origen de sus supuestas fuerzas
redentoras, nos vuelven a la barbarie lingüística para que triunfe mejor el
enemigo, mercaderes, piratas prepotentes y supuestos genios de la voluntad
mundial, al servicio sin embargo de la más brutal explotación.
No voy a explicar por qué y cómo coexisten en la historia argentina la línea
del imperio, en el populus; la línea del enemigo inglés, bárbaro, en las
supuestas élites, en centenares de miles de libros, revistas, radios, etc. Es
un hecho cotidiano, incluso hoy en medio de esta guerra cruel, que nos ha
impuesto con vesanía y predeterminación un enemigo que está fuera de nuestras
fronteras, pero que tiene poderosas cabeceras de puentes semánticas, dentro del
Estado y dentro del territorio Nacional. Porque somos pues del Imperio debemos
recordar la sentencia augusta de Cicerón, uno de nuestros maestros, y una de
las columnas humanísticas que nos permiten la clarificación política del
Estado, en aquel texto que hace cuarenta años enseño a mis alumnos de Latín
para ilustrarlos sobre estos fundamentos. El texto se refiere a la definición
de Res publica, expresión latina de denso significado político. Dice pues
Cicerón: Res publica, res populi. Populus autem non omnis coetus hominum quoquo
modo congregatus, sed coetus multitudinis iuris consensu et utilitatis
commmunionr sociatus. 0 sea: "La cosa pública es cosa del pueblo. Pero el
pueblo no es cualquier agrupamiento de hombres, congregados de cualquier modo,
sino la relación de una multitud, asociada por consentimiento de derecho y
participación común de todos los recursos". Pero los eternos anglófilos
que creen que el pueblo no merece la cultura de los clásicos, no comprenden que
nuestro líder político derivó profundas resonancias en su doctrina política
precisamente de esos clásicos que los superbos bárbaros del Norte miran con
desprecio, confiados en sus computadoras y en sus técnicas de dominio. Para el
General el pensamiento de un Plutarco, un Tucídides, un Cicerón, etc. señala
la línea en que se insertan las energías creadoras del presente en la noble
herencia de pasado político que es nuestro territorio espiritual insoslayable.
Somos pues como digo Ciceronianos, y nuestro pueblo cumple intuitivamente, con
esforzada voluntad ciudadana, el segundo término de la sentencia romana:
Senatus populusque romanus, que podemos pues transferir a nuestro caso Senatus
populusque Argentinus.
Esta guerra Pues reanuda el ciclo de aquellos poderosos enfrentamientos que
comienzan con Julio César en el siglo I a.C., sigue su rumbo por todo el fin de
la antigüedad, Edad Media y rebrota con los enfrentamientos entre el imperio de
Carlos V y Felipe II con el área de Inglaterra; la derrota parcial del imperio
y los acontecimientos que ahora nos envuelven y nos urgen no sólo a actuar,
sino también a inteligir con certeza y profundidad. La guerra de las Malvinas,
de entrada, por las premisas que he recordado resulta una guerra total. Suponer
que no es así, es diseminar ya una consigna derrotista. No estoy hablando de
victorias o triunfos fáciles, no estoy aludiendo a un destino que se sobrepasa
con llaneza, livianamente, como si nada trágico ocurriera o pudiera ocurrir.
Por el contrario, estoy hablando del duro destino, como dicen los antiguos que
golpea (tal como lo he enseñado en numerosas ocasiones), golpea digo las
puertas de la Argentina, para que sea definitivamente la Grande Argentina, o no
sea nada, a lo más despojo de las potencias sinárquicas que se alían en el
territorio de los bárbaros, en el espacio semántico del inglés para abatir a
su vez definitivamente la herencia grandiosa del imperio: en ella nosotros,
espiritual, lingüística e institucionalmente es posible que llevemos el peso más
terrible. Pero la guerra es para triunfar y masacrar al enemigo, no para
considerarlo huésped, culturalmente elevado, al cual se le pide permiso para
combatir con timidez.
Así pues en el ámbito del Imperio, en el espacio semántico latino-castellano,
en la esencia de la romanidad que fija también los caracteres de esta guerra
americana; en el contexto de una historia multisecular, cuyos ciclos se expanden
o repliegan como virtudes profundas o nefastas en la constitución de la
historia universal, la Argentina debe asumir ese duro destino que dije para
clarificar en un nuevo ciclo de fronteras con los bárbaros, para consolidar la
semántica americana en un espacio de cultura nacional y desplegar entonces las
fuerzas creadoras y políticas que nos permitan superar las trampas, tentaciones
y malicias de un enemigo fuerte, astuto, dispuesto a todo, incluso a la
destrucción inmisericorde de la Patria argentina. ¿Cómo pues responder al
hostia que viene a sepultar en la sangre y el fuego nuestros bienes, nuestros
hogares y nuestra dignidad; que viene a transformarnos en una factoría electrónica
y computada, vigilada por satélites, a hacer de nuestro populus romanus o
argentinus, una reunión de ilotas y metecos al servicio de las Internacionales
de la explotación; cómo no responder con la guerra total, que no empieza en
los cañones, sino en la voluntad nacional esclarecida, cultural y lingüísticamente,
para que nuestro modesto y noble pueblo tenga la satisfacción de la victoria?
Pues la semántica y la lengua engloban a los cañones, y no los cañones a la
lengua. Se engañan quienes, contagiados por el empirismo depredador del
enemigo, crean que estos conceptos son menospreciables o líricos; por el
contrario, en ellos se ocultan los más fuertes estímulos de la victoria, que
es posible, que está al alcance de nuestra mano, si en la retaguardia afinamos
el espíritu de combate para sostener el magnífico heroísmo de nuestros
soldados. Es pues esta guerra, un conflicto global que no excluye como dije, la
invasión del territorio continental argentino, por la potencia combinada de las
fuerzas anglo-yanquis, contra toda la retórica del siglo y medio, destruida y
aniquilada con perversa conciencia imperialista por el gigante de los pies de
barro que se llama Estados Unidos.
De todo esto podría sacar conclusiones prácticas que reservo para el final de
mi disertación, en la que reuniré los hilos dispersos de esta meditación
sistemática que propongo a mis compañeros o a mis adversarios políticos, en
la inteligencia que sostenemos todos, soldados y civiles, el desigual peso de
esta guerra injusta que un injusto y mañoso enemigo nos ha impuesto con
malignidad y presunción conquistadora. Pasamos ahora al segundo momento, es
decir, condición y calibre de nuestros enemigos, identificación de su poderío
y probable inducción de sus objetivos.
2
Retrocedamos una vez más hasta el límite histórico clarificador. Me refiero
al Congreso de Viena (1815) que liquida la herencia de las guerras napoleónicas
y que funda el poder de la Santa Alianza, el ciclo emergente del imperialismo
ingles, su inserción en la historia de la Europa continental y por ende del
mundo. Aquí también interesa América, aunque es este momento sólo atiendo a
la configuración de una política sinárquica que hago retroceder aun período
contemporáneo a nuestra primera guerra de la Independencia. Y bien, la Europa
del congreso de Viena dura hasta la segunda guerra mundial. La Sinarquía
concluye su obra destructiva con apoyo precisamente de la coalición angloyanqui-soviética,
en procura del definitivo poderío mundial. Desde entonces, o sea 1945, emerge
el gobierno mundial, como una instancia inequívoca, que los gorilas
antinacionales de 1945, los anglófilos, francófilos y yankófilos se negaron a
ver, durante cuatro décadas. ¿Acaso lo ven ahora con nitidez? Tengo mis dudas,
tengo mis dudas de todos los actos de contrición que han llenado las páginas
de nuestros diarios estos últimos meses. Tengo mis dudas que se haya
esclarecido bien el acto de venganza de la masonería inglesa al hundir nuestro
crucero "General Belgrano", llamado antaño 17 de Octubre, tengo mis
dudas de que muchos estén todavía dispuestos a perdonar a esa masonería; pero
no admitir la clarividencia del General Perón en la conducción política y la
formación de un pueblo, extraordinariamente clarificado en cuanto a las
premisas para una verdadera acción política.
Ahora bien, si las guerras napoleónicas tuvieron el gestor de la paz de Viena
en la figura de Metternich, tema que es de la especialidad del hebreo Henry
Kissinger, partícipe desde hace veinte años de la conducción política de
Estados Unidos, la segunda guerra mundial presenta dos acontecimientos postbélicos
fundamentales: el acuerdo de Yalta y la conferencia de Helsinki. La
responsabilidad de Estados Unidos en ambas instancias lo torna inevitablemente
enemigo de todo pueblo que quiera emerger con personalidad política propia,
como aconteció desde los días de Braden con nuestra Patria y nuestro
Movimiento. No lo olvidemos, pues los pueblos que olvidan las coyunturas
creadoras suelen ser presa de esos mismos enemigos solapados u ostensibles, o
renunciar a su propio destino de grandeza y libertad. Suelen además -y este es
el caso argentino- ser paralizados por una oligarquía cipaya que ve en un
extranjero, sobre todo si es bárbaro como el inglés, la garantía de una
parcela de poder interno en detrimento de la totalidad del pueblo; y lo que es
peor, suelen caer en profundas contradicciones que facilitan las maniobras
cambiantes de un enemigo siempre igual. Además junto a la paz de Helsinki,
debemos computar un importante discurso de uno de los gestores más decisivos, o
sea un discurso en Naciones Unidas, de Kissinger precisamente (1975), con el que
perfila un régimen mundial compulsivo.
Ese discurso constituye un programa político estratégico para establecer un
gobierno planetario, ahora en proceso de consolidación. Precisamente nuestra
victoria en el sur antártico significará un rudo golpe a ese programa; o bien
nuestra derrota, desde luego, le abrirá el camino para la definitiva esclavitud
de América. Veamos por separado y sucintamente estas dos columnas estratégicas
de la coalición sinárquica contra la soberanía de los pueblos americanos.
En la paz de Helsinki, firmada en Agosto de 1975, interviene una nueva Santa
Alianza, para liquidar la segunda guerra mundial y sus efectos militares, políticos,
económicos, ideológicos: Moscú, Washington, Vaticano, que deciden una
congruencia geopolítica para el llamado occidente, invocado todavía, ay ¡por
distinguidos jefes de nuestras fuerzas armadas! Pero esa paz de Helsinki, que se
prolonga en la llamada "Conferencia de seguridad europea" establece
una sutil distinción bélico-semántica entre aquello que le es permitido o no
permitido a la Unión Soviética, y viceversa, a los Estados Unidos, en cuanto a
proyectiles misilísticos de largo alcance. Así aparecen los proyectiles tácticos,
que se refieren a toda la dimensión europea, y los proyectiles estratégicos
que se refieren a los de alcance intercontinental, allende el Atlántico.
Contra lo que dicen los ilusos judeocristianos, dinamizados por la propaganda
vaticana, la paz de Helsinki es un paso más adelante, un grado más en el
sometimiento elaborado en Yalta. Es la consolidación y prolongación de
Yalta,en otras coyunturas tecnológicas, que permitirán justamente afinar tensión
y equilibrio equipotentes entre las dos superpotencias hasta que una y otra, por
diestra operación geopolítica, se trasladen desde el centro de Europa a una línea
imaginaria que como un eje polar cruza el océano Atlántico de Norte a Sur, y
lo divide en dos influencias hemisféricas, de cuyos conflictos sinárquicos
tolerados, impulsados, instrumentados y calibrados surgirá una nueva fase del
gobierno mundial. Un nuevo tratado de Tordesillas, con la bendición del nefasto
Montini, e impulsado por el actual pontífice, que esgrime la semántica de la
paz contra la semántica de la Justicia, divide el mundo en dos imperios, según
la tesis adelantada hace veinte años por el masón altigrado Toynbee, personero
precisamente del Foreing Office inglés, invitado por un gobierno militar
argentino, del cual ya fue canciller justamente Nicanor Costa Méndez, que funge
otra vez con la misma: dignidad. No podemos menos que exclamar una vez más con
nuestro maestro romano: O tempora, o mores. Nostris enim vitiis, non casu aliquo
rem publicam verbo retinemus, reo ipsam iam pridem amisimus. Es decir: "¡Oh
tiempos, Oh costumbres! Por nuestras propias faltas, y no por un azar
cualquiera, sólo mantenemos de palabra la soberanía del Estado., siendo que la
misma realidad hace rato que la hemos perdido".
Las altas logias inglesas, formadoras de las logias republicanas y demócratas
de Estados Unidos, establecieron hace ya tiempo, ante la culpable ignorancia de
la oligarquía argentina derrotada en 1943, 1945, 1952 y 1973, el espacio geopolítico
de los dos Augustos: el augusto del oeste, ahora el cow-boy Reagan, con la increíble
bruja de Londres, tierra ancestral de brujos, demonólogos y satanistas; y el
augusto del este, ese augusto a punto siempre de morir según la propaganda
occidental, pero que siempre por sí o por otro resucita como el ave fénix de
sus propias cenizas. ¿Quién puede pensar que en este esquema toleraría la
sinarquía la soberana posesión de las Malvinas por un estado soberano, que sólo
reconoce el mandato de su pueblo y de su historia? ¿Quién ha sido tan
culpable, en la dimensión política del estado, para ocultar aviesamente esta
tremenda circunstancia y no denunciarla premonitoriamente a fin de preparar los
caminos de la segunda guerra de la Independencia? ¿en fin, qué relación hay
entre la paz de Helsinki y la aparición del llamado "Proceso", que
abate a un gobierno constitucional, en medio del caos instaurado por la
guerrilla, manejada por los mismos personeros sinárquicos que nos imponen a su
vez esta guerra? Quien pudiera responder a estas preguntas, nos daría una clave
al menos del empecinamiento de la Thatcher, la traición de Alexander Haig,
tenido por campeón, de ese occidente que ya no existe, la traición de las
Naciones Unidas según una defensa hemisférica que tampoco existe. Pero podemos
intuir algunas de esas claves en un segundo texto fundamental del que no sabemos
si los discípulos de Kissinger en Argentina -que son muchos pese a la guerra
han dado alguna explicación congruente. Que yo sepa, no. He leído y oído de
muchos diplomas devueltos, condecoraciones inglesas renunciadas, dignidades
honoríficas tenidas por caducas e indignas. Pero no he oído ni leído de
ninguno de los ex-cancilleres que integran el Consejo Argentino de Relaciones
Internacionales (incluido Costa Méndez) ni siquiera lo he oído ni leído de
algún canciller peronista, que pida la disolución del antedicho organismo,
filial del Council on Foreign Relations, instrumento sinárquico de Estados
Unidos, cuyo amo D. Rockefeller es amo de H. Kissinger, propugnador paladino del
gobierno mundial. Está firmada la paz de Helsinki; el eje Washington, Vaticano,
Moscú que se -completa con el acceso de China a la cúspide del liderazgo
internacional- considera maduros los tiempos para adelantar el proyecto de
"Gobierno Mundial", lanzado precisamente en las Naciones Unidas por el
siniestro Kissinger en Octubre de 1975. Kissinger, maestro de Haig, maestro de
Costa Mendez, maestro de Nixon, Ford, Carter y Reagan; partícipe de las altas
logias angloyanquis, judeo-cristianas y judías; recibido con delirio geopolítico
en Buenos Aires en Noviembre de -1981 -cuando funcaba todavía Viola; fautor,
sino autor de la composición de un gabinete sinárquico, heredero de las ruinas
de Videla y Martínez de Hoz, Kissinger pues exaltado por el diario oficialista
La Nación, como defensor de nuestros derechos sobre las Malvinas, ese mismo
Kissinger siete años antes exponía con refinado cinismo imperialista, el plan
de la sinarquía mundial. Lo resumo brevemente, aunque tendremos que estudiarlo,
claro está, con mayor prolijidad, para combatirlo con mayor diafanidad política.
Según Kissinger pues ha llegado la hora de establecer una estructura ostensible
que permita precisamente prolongar la paz de Helsinki y llevar las tensiones
ulteriores a un punto de equilibrio equipotente y eficaz. No se trata pues de
algo oculto, ni de una logia supersecreta, encargada de facilitar las decisiones
mundiales. No. Se trata, como digo, de algo ostensible, público, aceptado o
impuesto, según los casos, que goza además de la protección plena de las
Naciones Unidas Esa estructura política, decisionista, deliberativa,
concentracionista, vigente además en oportunas delegaciones federadas o
confederadas, estaría integrada por tres niveles:
El primer nivel, propiamente decisionista, en el sentido que afectaría siempre
la conducción estratégico-política global, estaría constituido por un
triunvirato integrado por Estados Unidos, Rusia, China, más los socios que
ellos incorporen, como cónsules o procónsules en los vastos imperios del este
y del oeste, del norte o del sur. Por eso causan risa aquellos ingenuos soldados
nuestros que hablan todavía del espíritu de occidente, mal aconsejados por ideólogos
que se criaron precisamente a la sombra de Inglaterra! Inglaterra es
precisamente uno de esos socios, uno de los principales, cuya vasta influencia
de infraestructura cultural extranjerizante en el entero globo le permite
prestar servicios incalculables a la causa de la Sinarquia en esta nueva etapa
del poder concentracionista.
El segundo nivel, y esto si que es verdaderamente sorprendente, correspondería
a las organizaciones deliberativas, encargadas de estudiar los problemas
mundiales, indagar causas, proponer estímulos, reacomodaciones o castigos.
Pongamos, por ejemplo, distribución del petróleo o del trigo; modelos
educativos que liquiden el pasado de los pueblos; acuerdos político-religiosos
que solucionen las tensiones subsistentes en un mundo en franco cambio mental,
etc. Serían pues las compañías multinacionales el magno Senado de Kissinger;
la. Coca-Cola, la IBM, la ITT, la Ford, etc. designarían este cuerpo de
senadores, que como cuerpo colegiado, diferente de las Naciones Unidas aunque
ligado a ésta por oportunas relaciones horizontales, examinarían
exhaustivamente ese plano de los problemas globales y propondrían soluciones
globales al primer nivel decisionista.
Finalmente la tercera instancia, es decir, la de los estados o gobiernos
nacionales, que a su vez podrían ser zonificados, y para los cuales se reservaría
la condición de provincias en un estado federado, con márgenes cambiantes según
los casos, con instituciones políticas tendientes a reforzar el margen de
seguridad zonal o continental, pero siempre con el límite que supone la cúpula
decisionista y el Senado deliberativo. Este esquema es la última trampa de
Estados Unidos para los pueblos americanos, para imponer el gobierno mundial y
sinárquico de los anglosajones y repartirse convenientemente las riquezas
inatendidas y descuidadas por los metecos. Es posible que el conflicto de las
Malvinas tal como lo han conducido Haig, Reagan, Thatcher, Juan Pablo II,
Casaroli, Mitterand, etc. esté ligado según implicancias desconocidas por
nosotros a los efectos políticos y estratégicos del citado esquema. Sobre todo
si tenemos en cuenta que la zona de equipotencia estratégica será el Atlántico
y no el Pacífico, y si advertimos la súbita traición de Haig (súbita para
los ignorantes o traidores) que no quiso en ningún momento hablar de la soberanía
argentina en los archipiélagos del Sur. Se explica perfectamente.
A esta altura de los acontecimientos es preciso releer un documento clarividente
del General Perón. Me refiero a la carta que dirige desde Madrid, en Julio de
1961, al Presidente de los Estados Unidos J. Kennedy, en ocasión de la reunión
de cancilleres americanos en Punta del Este. Muchos nacionales, incluidos
peronistas, parecen haber olvidado este texto esclarecido, hoy de una vigencia
extraordinaria. Merece una relectura minuciosa y un estudio pormenorizado, para
aplicarla a las trágicas circunstancias políticas generadas en este proceso.
Cito hoy un solo párrafo: Después de referirse a la malicia de los yanquis en
las relaciones interamericanas, le explica a Kennedy qué es la Revolución
Nacional Argentina, encabezada por nuestro movimiento y dice: "El caso de
la República Argentina es altamente ilustrativo al respecto en 1946, con la
ascensión al poder del Movimiento Nacional Justicialista, se inicia en el país
una verdadera revolución social que lleva a su frente las tres banderas que
constituyen la aspiración del pueblo argentino: Justicia social, independencia
económica, soberanía política. De nuestras inmensas realizaciones materiales
están en el país los testimonios más elocuentes; pero lo que constituye
nuestro mayor orgullo es la obra social, que llevó un país medieval a ser uno
de los estados socialmente más avanzados. Gobernamos con la Constitución y la
Ley y el pueblo afirma aún hoy que el gobierno Justicialista aseguró diez años
de felicidad, y el setenta por ciento de la población era justicialista. Hoy
después de seis años de violencia, arbitrariedad y concupiscencia
gubernamental, podemos asegurar que ese porcentaje ha aumentado. Sin embargo una
despiadada campaña publicitaria realizada por agencias de Estados Unidos,
apoyadas por el mismo gobierno de Estados Unidos se encargó de difundir por el
mundo las mayores calumnias e infamias contra nuestro régimen constitucional,
como preparación para una acción revolucionaria que con suficiente evidencia,
sabemos fue costeada, apoyada y dirigida por Gran Bretaña". Basta este párrafo
de fuego para comprender muchas cosas incomprensibles. La masonería inglesa
premió con dignidades altígradas a personajes oscuros de nuestras Fuerzas
Armadas, y el mismo Príncipe consorte estableció el templo masónico en una
nave de guerra. ¿No estamos acaso ante los polvos que han traído estos lodos?
Concluyo pues el segundo momento de esta disertación: Nuestro verdadero enemigo
es Estados Unidos, todo Estados Unidos en su poder unificado, Senado,
Departamento de Estado, Pentágono, para despejar aquella utopía de los ilusos,
que ahora funciona por obra y gracia de la señora Kirckpatrick, de que el Pentágono,
cabeza militar de Estados Unidos, apoya la consolidación nacional americana y
argentina. Una utopía que circuló ya en los últimos meses de 1955, y siguió
circulando con apoyo de ciertos elementos clericales, de vasta influencia en los
medios de la cultura, la información, la enseñanza, el periodismo, la
universidad.
3
Pasemos ahora al último tema. Frente a todo esto: ¿Qué entendemos por segunda
guerra de la Independencia? Si la primera guerra de la Independencia se realizó
dentro de las fronteras hispánicas, la situación actual indica en cambio una
condición muy diferente. Y he aquí el error o la falacia o la pequeñez de la
propaganda argentina, manejada por minúsculos intérpretes que creen imponer un
producto, cuando es a la inversa: se trata de dinamizar una energía creadora,
capaz de traducirse en la voluntad eficaz reordenadora, estética, dispensadora.
Mientras la propaganda masiva impone por técnicas a veces muy cuestionables el
consumo de un objeto, un bien, o una relación comercial, la guerra de la
Independencia no es un producto, es decir, algo fácticamente ya conseguido,
sino un obrar in fieri, que tiene una meta entrevista, propuesta, consolidada.
Pero esa propaganda nefasta de casi tres meses de absurdos cantitos, frases,
discursos y rememoraciones, carecían y carecen de esa condición humanística
que permite englobar la guerra en la semántica; y por supuesto tampoco tuvo ni
tiene la claridad en lo que llamo meta propuesta. Un solo ejemplo basta para señalar
lo que digo: Desde el inicio hasta ahora ha predominado en la propaganda oficial
el aserto de una "recuperación de las Malvinas", restándole al hecho
militar su significación lisa y llana de reconquista. Si se trata de una mera
"recuperación”, no se puede hablar de metas en una guerra de la
independencia, e ipso facto desaparecen las motivaciones profundas que dinamizan
aquellas energías creadoras. Y si se trata de una verdadera
"reconquista", como lo creo y lo afirmo, ésta no tendría sentido
sino en el marco general de una guerra inteligente contra nuestros enemigos
funestos, en primer lugar Estados Unidos y Gran Bretaña, pero también contra
las internacionales del poder económico, contra las fuerzas y planes sinárquicos,
contra la dependencia cultural que hace operar en el territorio nacional, en la
estructura educativa, en la promoción del saber y de la ciencia, un
predeterminado consenso operativo con que esos enemigos nos hacen la guerra, y
una guerra despiadada e inmisericorde para abatir el sentido de la causa
nacional. Es en vano que vengan Kissinger o Haig a declamarnos acuerdos pacíficos
concertados; es en vano que el papa romano, aliado con nuestros enemigos,
interponga la presión de su magistratura para edulcorar la tristeza de un
pueblo abandonado y vilipendiado: el enemigo usa todo ello como recursos de una
guerra global, a la que sólo se puede responder de modo global. Se nos impone
un producto estereotipado para un consumo masivo, y se nos cercena la meta
consciente de una voluntad nacional, cuya esencia precisamente radica en hacer
la Nación y el Estado, y no consumir el producto. Por encima y por debajo de
estos signos lamentables, se advierte en los niveles de conducción, por la ética
judeo-cristiana que ha entregado Europa y América a los bárbaros, el miedo al
lábaro del infierno, como si ello fuera el camino para ganar el cielo. ¿Se han
olvidado acaso de la más alta mística evangélica, expresado en aquel poema
hispánico, de extraordinaria reciedumbre moral?
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Por eso en estos días tristes hemos oído con profundo estupor, mientras
nuestros heroicos muchachos morían en el sur trágico y ensangrentado, a muchos
jovenzuelos gritar como poseídos: Queremos paz, queremos paz, en lugar de
gritar: Queremos enfrentar el destino con la victoria. Este es el enemigo
profundo, que ahora me limito a configurar sin mayor análisis.
Dos capítulos comprende esta segunda guerra de la Independencia que comenzó
con la revolución del 4 de Junio de 1943, se consolidó con el 17 de Octubre y
ha proseguido un sinuoso curso de victorias y derrotas, desinteligencia y
fidelidad, apetitos y nobleza. En primer lugar, el que se refiere a nuestro
propio espacio nacional, a nuestra propia dimensión cultural y política. El
segundo en cambio se refiere a la consolidación de la Nación Americana, al
margen de los grandes bloques, al margen del plan sinárquico del señor
Kissinger y del Council on foreign relations, de la Inglaterra masónica, aliada
con el papa romano. Son ellos los que coaligan la presión de todas las
internacionales, unidas en el consenso de constituir el gobierno mundial, en el
que América no tenga ni siquiera un procónsul, sino apenas un cuestor
encargado de supervisar las finanzas esclavistas de todos los pueblos sometidos.
Sólo diré dos palabras de cada uno, pues son temas que requieren desde luego
pormenorizado análisis.-
Si en la primera guerra de la Independencia emergió la fisonomía espiritual y
política de la Nación, que se impostó en la tradición romanística por su
derecho, hispánica por su lengua, de raíces culturales latinas y de trasiego
telúrico, la segunda guerra de la Independencia tal como ahora la concebimos
tiene por meta la emersión y consolidación definitiva del Estado político, de
la Res publica, como la llamaban los antiguos. Pues esa res publica ha sido
trajinada por las guerras civiles, vilipendiada por ideologías infecundas,
desarticulada por una oligarquía nefasta, de nuevo hoy en el poder, contra la
voluntad del populus que es su fundamento: Res publica, res populi, dice Cicerón
en el texto ya citado. Ésa res publica ha sido mañosamente confundida por los
personeros de las internacionales, que fundan la UN para ellos, la OEA para
ellos, el TIAR para ellos, el acuerdo monetario para ellos, etc. etc. Ha sido
desgarrada por la soberbia, la insipiencia y la falsa ética. Debemos trascender
tales antinomias en un estado fuerte, sabiamente organizado, soberano en la raíz
de las decisiones, es decir, un estado decisionista que no dependa ni de los
imperialismos ni de las éticas religiosas de turno, que sea romano, hispánico,
americano, so pena de no ser nada. De los tres términos que solemos manejar en
el vocabulario político, Estado es el que corona la triada de Patria, Nación,
Estado. Pues éste resulta en definitiva la esencia de la Nación, empírica e
históricamente actuante en el concierto mundial de las naciones y de los
imperios. Al decir, pues, que la meta de la segunda guerra de la Independencia
consiste en la fundación del Estado decisionista argentino, formulo en una sola
sentencia, la totalidad de esa guerra, que es global, y si no, no existe.
El segundo capítulo se refiere a la Nación americana, sin la cual será
imposible llevar a feliz término todos los objetivos globales y urgentes que
nos acosan. No hay guerra de la independencia argentina sin guerra de la
independencia americana; no hay segunda guerra de la independencia, si la Nación
americana, suscitada y esclarecida por un pensamiento político sistemático y
diáfano, por una meta constructiva y estética, por una conciencia romanista y
moderna, no reconstruye al margen de la sinarquía de los poderosos mundialistas
su propio espacio continental, al margen de Estados Unidos y los bárbaros del
Norte; esta es una premisa ineludible, que las coyunturas difíciles vividas
ahora por Argentina, descubren con mayor urgencia. El programa de una Nación
americana es el programa de una Anfictionía, libre de Yalta y de Helsinki, y
sin consentir en las consecuencias nefastas de esos dos esclavismo, sin deponer
la voluntad de forjar un estado, libre de esas presiones compulsivas.-
4
Todo esto fue escrito durante un breve lapso que se cierra, en la anécdota, el
día 13 de Junio, inmediatamente antes del desastre, que de todos modos con
renovada angustia esperábamos y con renovada esperanza pretendíamos alejar. El
texto sigue teniendo validez, en lo sustancial, y en la serie de los
acontecimientos vividos, representa la única salida: Profundizar, consolidar y
clarificar la segunda guerra de la independencia contra nuestros enemigos,
contra nuestros hostes siniestramente coaligados para destruir la Argentina, y
no sólo para impedir la Grande Argentina. Mi esperanza era aportar una línea
de claridad para retomar una línea de grandeza en la unión de frente bélico y
frente político.
En la angustia que se profundiza y se expande, mi tesis significa simplemente
replantear con las mismas características, la guerra de la independencia para
salvar a la Argentina de la destrucción. Hay desde luego una diferencia, entre
proyectar una expansión de la grandeza y salvar una Nación de la ruina. Pero
es el duro destino, según dije, que golpea casi con fervor y furor desconocidos
la puerta de nuestra Patria. Salvarla en su integridad es ahora la meta de esta
segunda guerra de la independencia, guerra que debe clarificar sin más trámite
la categoría específica de los enemigos sinárquicos y pasar a la ofensiva semántica,
para preparar las nuevas batallas que se avecinan. En este sentido pues, ahora más
que nunca la noción global de segunda guerra de la Independencia resulta no sólo
la más urgente, sino la más eficaz, por cuanto permite cohesionar a todos los
ciudadanos, a todo el populus, para proceder a una consolidación 'del Estado y
para que poder y pueblo argentinos decidan la continuidad estratégica y
espiritual de esa guerra. Quien no entendió tal coyuntura en la guerra del Sur
Atlántico, no entenderá tampoco la categoría aviesa de la traición, la
solapada trampa del enemigo, la incapacidad dialéctica para conducir una guerra
contra poderosos enemigos desembozados en su propaganda destructiva, la coalición
de las jerarquías más altas, espirituales y temporales, para llevar a término
definitivo e inapelable la inclusión de Argentina en el plan de Helsinki y en
la distribución del poder propuesta por Kissinger. No queda más remedio que
presentar la entera realidad, por parte del gobierno de este proceso cancelado
ya, por parte de los dirigentes políticos y sindicales, para que podamos con
suficiente información veraz proceder a limpiar la atmósfera de todo y venerar
a nuestros muertos no sólo con piedad incontaminada, sino también con honor
purificado y sublime. Y también en esto la historia antigua nos exhibe ejemplos
profundos que podríamos citar. Pero los ejemplos sólo indican pautas, no
establecen recursos eficaces y empíricos para hacer lo que llamo la segunda
guerra de la Independencia. Mientras veneramos pues a nuestros muertos, es
preciso discriminar estos recursos, plantear las coyunturas reales, preparar a
los hombres capaces de concretarlos, elegir a aquellos que serán encargados en
estos difíciles momentos para proceder a una clarificación de la cosa pública:
Todo es parte de esta guerra difícil, peligrosa, enmarañada, que sólo con
inteligencia y coraje impulsaremos, para triunfar. En este sentido, creo que
deben cuidarse -e insisto en ese aspecto- las fronteras semánticas, lingüísticas
para preparar esta guerra en esta generación y trasegarla a las que vienen. Es
preciso, en el sentido negativo, anular todas las cabeceras de puente que el
enemigo angloyanqui posee en el territorio nacional, y que son parcelas que de
alguna manera sirven a la ofensiva del enemigo. Pues si no cercenamos de alguna
manera la penetración lingüística-cultural-deportiva del inglés, la guerra
que proclamo se restringirá y finalmente cesará.
Es menester cortar las ataduras diplomáticas con el mundo internacional
corrupto, buscando otros caminos que no sean contradictorios. El gobierno
militar y su canciller se pasaron seis años proclamando su lucha contra la
guerrilla para después abrazar a la fuente de la guerrilla, sin ninguna
necesidad táctica y sin ningún efecto, que no fuera nefasto. No hablo ahora de
los problemas ideológicos, que es otro frente y otro aspecto de la guerra:
hablo simplemente de las relaciones internacionales, totalmente contradictorias,
nefastas, inaceptables; confiadas en falsas promesas -las de Reagan-; en falsos
defensores de la justicia y de la equidad -como Haig-; en falsos contendientes
-como Fidel Castro-; en falsas doctrinas políticas en cuanto a la construcción
del estado (como las que circulan en los ámbitos Vaticanos actuales, que con su
ecumenismo religioso y su alianza con las potencias sinárquicas intentan
definir un ecumenismo político, que reconozca la sabiduría de la UN y la
preparación de un gobierno mundial, al estilo propugnado por Arnold Toynbee).
Hablo pues de las relaciones internacionales, confiadas por los personeros del
desastre, a falsos esquemas, brillantes en los discursos, inapropiados para la
realidad hispanoamericana; carentes de los verdaderos recursos de hombres,
doctrina, ejecución. ¿Cómo podríamos superar así la diplomacia más cínica,
la de los piratas y bucaneros; la diplomacia más desvergonzada y fullera, la de
los gangsters y de los garrotes; la diplomacia más fría en el discernimiento
de la coyuntura, como la de los fríos socialistas galos del señor Mitterand,
antiguo condecorado del Mariscal Petain, y ahora personero de las fuerzas
oscuras que han entregado Europa a la esclavitud?
Y finalmente, la guerra se prepara en la educación. Sin una geopolítica de la
educación, será imposible no digo proseguir una guerra terrible, pero ni
siquiera preparar los recursos humanos eficaces para emerger de una derrota.
Todo esto no es pues cosa de las armas. Es cosa de las letras, sin las cuales no
funcionan las armas, por poderosas que sean. Los ingleses en el sur no vencieron
por su sofisticado armamento, como dice ahora la propaganda. Vencieron por su
diplomacia, por sus alianzas, por el apoyo de Estados Unidos que de antemano
prometió el apoyo bélico completo, y no sólo logístico. ¿Era prudente
iniciar una guerra, sin la preparación adecuada y el consenso que exige, de
antemano, la Res publica? ¿Hasta cuándo, América, soportaremos la tiranía de
los bárbaros del norte y seremos ingenuos ante su poderío de cinismo y ética
espúrea?
Estos son los pensamientos que sugiere el trágico destino del Sur. Pero no nos
apabullemos demasiado. Con serena resignación ante el destino que nos urge,
aceptemos estoicamente el dolor, tal como es: es también cosa de héroes.
Recordemos a nuestros maestros los griegos, en las Termópilas y en Salamina,
frente al poderoso imperio de Darío y de Jerjes, abatido por la inteligencia y
el patriotismo de los atenienses y espartanos. No miremos ni UN, ni OEA, ni papa,
ni presidente yanqui o ministro inglés, ni Mercado Común; ni Yalta, ni
Helsinki. Preparemos como los griegos una batalla definitiva, que exigirá
paciencia dureza, disciplina, alertamiento y sobre todo inteligencia diáfana de
la totalidad que enfrentamos. Preparemos como los griegos de América esta
guerra para fundar la Anfictionía Americana, pues los signos son que nos
pertenece la Historia para las centurias que vienen. La victoria argentina, como
la victoria contra los Persas, significará sin duda el inicio de un gran ciclo
histórico. Tengamos paciencia, pero pensemos en grande. En la ejecución,
seamos diestros y calibremos puntualmente ese orden global y planetario que
quiere aplastarnos.
Si en algún sentido hemos sido hasta ahora las Termópilas de América
irredenta, preparemos con astucia, tenacidad y eficacia ordenadora la gran
batalla de Salamina, batalla definitiva para liberar todo el Atlántico de
piratas y pistoleros anglófonos.
Si nuestro himno habla de una nueva y gloriosa Nación, con esta guerra
entrevista en la bruma de un presente contradictorio, con esta guerra semántico-política,
de caracteres fundacionales, como nosotros la concebimos, es preciso establecer
primero, definitivamente, un nuevo y glorioso Estado Nacional, fruto de esta
segunda guerra de la independencia, creatura política y estética, que no
consiste en la coyunda a la ética esclavista y que presume ser entonces,
definitivamente, justo, libre y soberano.
Carlos A. Disandro
La Plata, Junio 13-17 de 1982.
En homenaje a nuestros soldados, caídos en el Sur