Un ingeniero agrónomo de la UBA encendió la señal de alerta por el deterioro
de la tierra en la Argentina. Los problemas ambientales, sociales y económicos
que deja la erosión. La explotación desmesurada arroja cada año miles de hectáreas
nuevas con altos grados de desertificación
La voz de alerta es clara: más de dos tercios del territorio argentino están
comprendidos por regiones áridas, semiáridas o subhúmedas secas. Y si se
tiene en cuenta que el 80% del territorio nacional está ocupado con actividades
agrícolas, ganaderas y forestales, no sería llamativo conocer cómo se llegó
a tener 60.000.000 de hectáreas sujetas a procesos erosivos de moderados a
graves.
De esta manera grafica el panorama local el ingeniero agrónomo Daniel Tomasini,
director del Departamento de Economía, Desarrollo y Planeamiento Agrícola de
la Facultad de Agronomía de la UBA, responsable de un estudio sobre este fenómeno
complejo cuyo resultado es la degradación de la tierra. Es decir la pérdida de
fertilidad y de productividad frente al avance de un incontrolado proceso de
explotación.
Bajo el nombre de "La Desertificación: un problema ambiental, social y
económico de creciente importancia", este profesor adjunto a cargo del área
de Economía de los Recursos Naturales repasa no sólo la situación puntual del
problema en diferentes zonas del país, sino que explica causas y deja abiertas
algunas puntas de acción para revertir el problema.
Desde el ámbito internacional, el proceso adquirió dimensiones globales que
llevaron a las Naciones Unidas a crear en 1994 una convención para luchar
contra la Desertificación y Mitigación del Efecto de las Sequías, hoy tan
extendida en gran parte de la Pampa Húmeda y Sierras de Córdoba.
Para el catedrático, "la cuantificación del deterioro ambiental y la
valorización de su impacto, junto con el análisis de factores socioeconómicos
como causa y consecuencia de la degradación, son elementos claves para la
adecuada toma de decisiones en política ambiental, sectorial y regional".
Si bien sostiene en su trabajo de investigación que la Argentina ha establecido
el Programa de Acción Nacional de Lucha contra la Desertificación en 1997, en
el marco del cual se desarrollan numerosos estudios y proyectos de intervención,
para conservar, preservar y rehabilitar los recursos naturales de las tierras
secas, cada año se agregan a la abultada lista unas 650.000 ha con distintos
grados de erosión.
"Esta situación es particularmente aguda y crítica en las zonas áridas y
semiáridas, donde la pérdida de productividad se traduce en el consiguiente
deterioro de las condiciones de vida y expulsión de población", entiende
Tomasini.
De acuerdo con el especialista de la UBA, "la población urbana y rural
establecida en esta región árida/semiárida es aproximadamente el 30 % del
total nacional (9.000.000 de habitantes). Muchos de los estados provinciales de
la región presentan ingresos per cápita promedio inferiores a la media
nacional, y los porcentajes de hogares con necesidades básicas insatisfechas
duplican la media nacional".
Para conocer aún más datos, el investigador cree que las regiones áridas del
país "disponen sólo del 12 % de los recursos hídricos superficiales
(2.600 m3/seg), los que junto a la dotación de aguas subterráneas, permiten el
riego en mas de 1.250.000 hectáreas en los llamados oasis de riego".
Sin embargo, su trabajo deja expuesta una vez más la dramática situación:
"las deficiencias en la infraestructura de riego, la inadecuada
sistematización del terreno, el mal manejo del agua y déficits en la
asistencia técnica al productor, llevaron que cerca del 40% de la superficie
presenta problemas de salinización y/o revenimiento freático.
Por otro lado, un fenómeno que contribuye a la desertificación es la disminución
de las formaciones boscosas. "En los últimos 75 años la reducción de la
superficie forestal natural, por efecto de la explotación con objeto maderero y
energético, sobrepastoreo y el desmonte para la ganadería y la agricultura,
alcanzó el 66% (mayoritariamente en las zonas secas) de su superficie
original", dice Tomasini.
De hecho, esta pérdida de biodiversidad hace que hoy corran "peligro de
desaparición el 40 % de las especies vegetales y animales en todas las regiones
marginales y en especial en las más expuestas a la desertificación".
Economía y sobreexplotación
"El proceso de deterioro ?dice el profesor- es agravado por políticas
macroeconómicas y sectoriales que privilegian la orientación exportadora,
favoreciendo la concentración y la explotación de los recursos naturales de
una manera no sustentable".
Es decir que el país carece de una política de protección para evitar que se
sobreexploten los recursos como estrategia de supervivencia.
En esta línea, Tomasini postula que "la desertificación provoca
importantes impactos en la sociedad y su economía, tanto a nivel global,
nacional ó local. El deterioro de los recursos en las tierras secas ó la
propia incapacidad para incrementar la productividad del sistema agrícola,
generan permanentes flujos migratorios hacia los centros urbanos. Estas
migraciones desestructuran las familias rurales, generan una importante pérdida
cultural, y por sobre todo incrementan la pobreza extrema en los centros
urbanos".
A modo de concientización, hoy muy distante de la realidad, el especialista
encuentra oportuno "la cuantificación de este deterioro ambiental y la
adecuada valorización económica de su impacto, junto al análisis de los
factores socioeconómicos como causa y consecuencia de la degradación, son
elementos claves en la política ambiental rural en la región".
Un consorcio de universidades y de centros de investigación en zonas áridas de
Argentina, liderado por la Facultad de Agronomía de la UBA, y con el apoyo técnico
financiero de la cooperación alemana GTZ, desarrolla el proyecto "Economía
y Desarrollo Sustentable de la Tierras Secas en Argentina" para el ajuste
de métodos de valoración económica productiva y ambiental para las tierras
secas y su aplicación en la toma de decisiones.
Para el profesor, pese a la situación no muy favorable, "existen muchas
oportunidades para inversiones en estas áreas, que en el marco de proyectos
para el desarrollo sustentable de pequeños productores y campesinos, demuestran
que el nivel de eficiencia del capital invertido en este tipo de proyecto
productivo-ambiental puede alcanzar valores positivos".
Por último, deja un positivo panorama para tener en cuenta: "tasas
internas de retorno del capital invertido entre el 37 y 59% para proyectos de
manejo silvo-pastoril en la región del Chaco, entre el 27 y 64% para mejoras en
el manejo de cría bovina en zonas de sierras y montañas, se presentan como
oportunidades para vincular el desarrollo con el control de la desertificación".